«Sin música» es una película de Gonzalo García-Pelayo.
Una familia vuelve a la casa en construcción que abandonó tras la muerte prematura del padre. El regreso coincide con el aniversario de la pérdida y convierte la jornada en un homenaje íntimo a la vida compartida.
Se trata de una película increíblemente depurada, austera en sus formas, un poco japonesa: todo está en su sitio, incluso el dolor; especialmente el dolor. En ese sentido, los carteles sobreimpresos enuncian algo del orden de lo inefable que no está en las imágenes, ya que el encuadre no puede contenerlo.
Los textos, autoría de la actriz protagónica en base a su propia experiencia de pérdida, duelo y reparación, funcionan como lienzo sobre el que se inscribe el alma del personaje. Las charlas, los pequeños rituales, las diarias ceremonias para volver a “armarse” —reconstituirse después de la catástrofe— discurren bajo el manto de un rumor secreto de esperanza.
Pequeña lección para escépticos: una vez más, como en la primera película de García-Pelayo, rodada hace más de cincuenta años, es posible la vida.
David Obarrio.
Película que se ofrecerá próximamente cuando termine su paso por diferentes festivales.
«Ay, ay, la película… De mis preferidas tuyas de los últimos años. Qué moderna y qué estética! Fan fan de Natalia, cuánta delicadeza para narrar. Y qué gran protagonista la casa, con lo que me gustan las casas. Dan ganas de encerrarse allí con esa familia, a tumbarse y tomar infusiones. “Soy Natalia y vivo lejos”
Sonia.
Una familia vuelve a la casa en construcción que abandonó tras la muerte prematura del padre.
El regreso coincide con el aniversario de la pérdida y convierte la jornada en un homenaje íntimo a la vida compartida.
Se trata de una película increíblemente depurada, austera en sus formas, un poco japonesa: todo está en su sitio, incluso el dolor; especialmente el dolor. En ese sentido, los carteles sobreimpresos enuncian algo del orden de lo inefable que no está en las imágenes, ya que el encuadre no puede contenerlo. Los textos, autoría de la actriz protagónica en base a su propia experiencia de pérdida, duelo y reparación, funcionan como lienzo sobre el que se inscribe el alma del personaje. Las charlas, los pequeños rituales, las diarias ceremonias para volver a “armarse” —reconstituirse después de la catástrofe— discurren bajo el manto de un rumor secreto de esperanza.
Pequeña lección para escépticos: una vez más, como en la primera película de García-Pelayo, rodada hace más de cincuenta años, es posible la vida. David Obarrio
DIRECTOR: GONZALO GARCÍA-PELAYO
SIN MÚSICA (2026)
Estrella Millán Sanjuán
«Parece impensable concebir una película de Gonzalo García-Pelayo sin música, ya que ésta siempre ha sido un pilar fundamental en su trayectoria. Pero aquí la percibimos de forma “invisible”. Está en la ausencia, en el duelo, un piano de madera mudo que llevarse en un viaje. Permanece en el recuerdo de alguien que ya no está y habla desde el cuerpo de los instrumentos que dejó callados esperando que alguien los toque, y suena desde las frases que leemos tan sencillas, como repletas de emoción a modo de haiku íntimo y hondo.
Nace de nuevo después del dolor como susurro tímido, tras una canción pop cantada sin estridencias en familia o en un canturreo entre flores con la parsimonia de un ikebana japonés.
“Sin música” es una película realizada a sotto voce, depurada, tan minimalista y suave que reconforta, aunque el tema que subyace sea lacerante. A Gonzalo no le gusta hacer dramas, se inclina siempre por la vida, por eso esta familia coja de un miembro primordial para caminar trasmite serenidad, futuro y reparación tras un trabajo sobre el duelo importante. Posee la calma y sobriedad de una película oriental a la que recurre de forma evidente con escenas en las que se ven rituales de preparación del té y arreglos florales contemplativos que sanan y devuelven el equilibrio perdido en un pasado duro todavía reciente que empuja.
Natalia Miranda sana su herida llegando a una segunda vivienda casi finalizada que iba a ser un proyecto de pareja. Retira el dolor profundo y la ocultación en la sombra con los papeles que cubren los grandes ventanales. Lo hace sola, pero deja alguno arriba porque la cicatriz sigue estando. Despierta tranquilamente y con cariño a sus hijos en una casa exenta de ornamentos, a medio hacer, necesitada de calor de hogar y de futuro. La familia limpia de malas hierbas un jardín descuidado como símbolo de depuración buscando un círculo de piedra para hacer fuego y un asado que deviene el punto cálido para volver a empezar. Caminan por el pinar del exterior para oxigenarse, ya pueden escuchar audios bajo una manta común en la cama sin que se anude la garganta, alumbrada con una sonrisa que no trasmiten los ojos maternos.
Están preparados para sacar las guitarras paternas, abrazarlas, vivir juntos y habitar esa casa por terminar. Bella, diáfana, necesitada de un nuevo comienzo. Hogar con geometrías muy bien planteadas mediante una puesta en escena que saca el mejor partido con las líneas cruzadas que rigen el ventanal principal, con las aristas que aún duelen o los reflejos en cristales que duplican la melancolía y la reparación. También con la armonía de objetos en planos cenitales, la búsqueda del equilibrio y la belleza de la naturaleza como única medicina.
Si el cine de Gonzalo siempre respira veracidad, en este caso lo hace como nunca en una película que cristaliza la sanación real para Natalia Miranda. Con su aplomo, la naturalidad de sus tres hijos, las escenas familiares de aire tan privado, tan elocuente y delicioso.
Para elocuentes estas palabras: “Un día me levanté en mi vida y cuando fui a acostarme esa misma noche, me habían mudado a otra. Me secuestraron de mí”. “Ocupamos el espacio de esa prenda que tu cuerpo ocupó, nos gusta meternos en tu ropa, no la usamos, nos metemos”.
En “Sin música” es altamente probable que se termine llorando aunque no lo pretenda. Hay preguntas, hay miedos y soluciones. También risas y sintonía. Significa proyección, construcción familiar, búsqueda del equilibrio tras la tormenta (la hay de verdad en el arranque de la película) y la armonía. Habla de la música que siempre nos acompaña, la que se mantiene latente, aunque ya no la cree quien te la hizo escuchar con emoción.»
José Manuel Cruz
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